“La conciencia es el conocimiento interior del bien y del mal según el cual se juzgan las acciones humanas” (definición del Diccionario de la Lengua Española). El ser humano ha de observar el justo equilibrio personal, ese equilibrio que se obtiene mediante la mejor formación y educación, que ha de estar protagonizada por la enseñanza de la familia, de la escuela y por la aplicación de unas leyes justas. De este modo conseguiremos hacer siempre el bien, evitaremos el mal, no haremos lo que no queremos que nadie haga con nosotros y tendremos la conciencia siempre tranquila.
Alfonso Balsera Rosado | 7 de junio de 2010
Para ello tenemos que educar nuestra conciencia mediante el buen uso de nuestra inteligencia, enseñándola a respetar la realidad en la que nos desenvolvemos, para, conociéndonos a nosotros mismos y advirtiendo la realidad tal como es, podamos actuar en consecuencia ajustándonos a la verdad y juzgando la moralidad de nuestra conducta, que, según vemos, desgraciadamente, es distinta para cada uno, por lo que no podemos darles todos la misma utilidad: No es lo mismo el juicio que hace un terrorista que el que hace un ciudadano normal, ni el de un defensor del aborto que el de un defensor de la vida, ni el de un borracho que el de un hombre sobrio; y las consecuencias de sus actos y su responsabilidad, son diametralmente opuestas,.
Si siendo cabalmente personas equilibradas, nuestra conciencia nos señalara que hacemos lo correcto, lo justo, lo bueno o, por el contrario, que estamos haciendo lo incorrecto, lo injusto, lo malo, y considerando, según se dice, que Dios perdona siempre, que el hombre perdona algunas veces y que la naturaleza no perdona nunca, sabríamos a qué atenernos: si pedir perdón o aguantarnos con las consecuencias de nuestros actos. Que es la conciencia la que nos sirve para advertir lo que la naturaleza nos señala, lo que el hombre nos enseña y lo que Dios nos pide.
Si hay quienes cometen actos que perjudican al bien común a los otros y hasta a ellos mismos, se suele decir que no tienen conciencia, o que su conciencia está muerta, o que tienen “mala conciencia”; y es cierto, porque a ellos el bien y el mal le es indiferente. ¿Cuántos de éstos habrá en nuestra sociedad? Parece que muchos, y es triste que los tengamos que soportar, aunque no hay más remedio que “aguantarlos” por cuanto que creen apoyarse en normas justas cuando no lo son.
De manera individualizada los podemos combatir o al menos tratamos de evitar que sus acciones nos perjudiquen; nuestra lucha ha de ser personal.
Pero a nivel de grupo no es tan fácil. Vivimos en España, la nación de ¡tantas Comunidades Autónomas!, que están facilitando precisamente lo contrario; estar menos unidos. Cada Comunidad trata de gobernarse a sí misma y como consecuencia, tenemos más gente dedicada a la política que ninguna otra Nación, y ello les lleva a actuar con ¿la buena conciencia?, y… los soportamos. Sabemos que muchos de los que nos gobiernan han perdido la “conciencia”. Confunden el bien y el mal. Creen que están en posesión de la Verdad y por ello dictan normas equivocadas, normas que se “salen” de lo ético y lo moral, de la equidad y de la justicia. Lo que persiguen es “seguir en el machito” y para ello tratan de satisfacer las apetencias de los que, como ellos, tampoco tienen conciencia y así consiguen que estos les permitan “seguir”.
Ejemplos de su falta o de su mala conciencia nos los dan continuamente: Son esas ansias y ambiciones de dirigir, de cómo ambicionan riquezas, de cómo se dejan comprar por gentes aprovechadas, de cómo se corrompen. Para ellos el “tener”, como sea, es lo bueno. Hasta modifican las Leyes para que los jueces puedan aplicar “su propia justicia”.
Promulgan Leyes que prescinden y hasta establecen criterios de estudio que van en contra del humanismo, de la ética, de la moral, o que van en contra de la propia dignidad de la persona, de la vida del ser humano… Establecen normas que van contra las propias leyes naturales... Legislan en contra del propio bienestar de los ciudadanos…
No entienden que la sinceridad es la conducta que deben ejercer porque es la mejor manera de que alguien les pueda ayudar, corrigiéndoles o afirmando sus propuestas.
Piensan, especialmente, en hacer daño a aquellos que les pueden “desbancar” de sus puestos de poder utilizando todo tipo de “tretas con infundios, maledicencias...
Si uno “pierde su conciencia”, pues, allá él. Pero que sean nuestros gobernantes, es algo que nos debe llevar a considerar qué podríamos hacer para evitar que caigan sobre nosotros las consecuencias de su “mala conciencia”, de su “falta de conciencia”, o de que “su conciencia muerta”. .
A fuerza de “vivir lo que ellos, por su falta de conciencia o por su mala conciencia están viviendo, muchos tratarán de seguir su ejemplo, y, así, cada individuo “querrá vivir su propia vida”. Vamos abocados, no a vivir en libertad, sino a vivir el libertinaje.