El film va recorriendo distintos episodios, como la imposición de la ley marcial o la detención de Zygmunt Zdanowicz. Asistimos a la toma de los astilleros por parte del ejército, los juicios contra los dirigentes de Solidaridad… y en todo ello Popiełuszko nunca pierde de vista su verdadera condición: “Estoy huyendo del odio”, dice refiriéndose a que no quiere odiar a sus “enemigos”. “Mi lucha es contra el mal, no contra sus víctimas”, declara en alusión a los dirigentes comunistas. En 1983 es encarcelado. En 1984 es secuestrado y asesinado. Al cerrarse la película se oyen las palabras de Juan Pablo II proclamando el martirio de Popiełuszko, beatificado en 2010.
Es muy notable que el cardenal Glemp haya accedido a representar su propio papel, precisamente para reparar el escaso apoyo que, según él mismo, prestó a Popiełuszko en su momento. No es el único que se representa a sí mismo. A pesar de su corte algo televisivo, la película es un monumento a la memoria histórica europea.
Esta gran película tuvo una gestación azarosa. El guión del oscarizado Steven Zaillian (La lista de Schindler, En busca de Bobby Fischer, Despertares) se basa en una novela sobre un personaje real, Billy Beane (Orlando [Florida], 1962), manager del equipo de béisbol de Oakland. Beane puso en práctica una atrevida estrategia deportiva basada en un complejo cálculo estadístico aplicado a los conocimientos sobre los jugadores de béisbol de la American League. La cinta la iba a dirigir Steven Soderbergh, con Pitt como protagonista. Soderbergh abandonó el proyecto pero el estudio retuvo a Pitt y contrató a Aaron Sorkin (creador de El ala oeste de la Casa Blanca, ganador del Oscar al guión adaptado por La red social) para que retocase el guión de Zaillian. Y el resultado es asombroso.
Alexander Payne vuelve a soñar con el Oscar con un drama que golpea e indulta sus personajes a partes iguales.
Un hombre maduro, atractivo y en la cima de su carrera profesional. Felizmente casado y con dos hijas en la peor de las edades: una está entrando en la adolescencia y la otra no termina de salir de ella. Su mujer sufre un accidente mortal y queda en coma y, en ese momento... el mundo estalla.
Es sorprendente lo que hace Alexander Payne en Los descendientes. A partir de una novela, con una historia melodramática bastante convencional -el guiño ecologista es eso, un guiño y una subtrama no excesivamente conseguida-, el director y oscarizado guionista de Entre copas consigue tejer una sólida galería de personajes y conflictos, que son tan veraces y potentes como la vida misma.
En las dos horas de metraje no consigues sacudirte de encima la sensación de que lo que estás viendo es muy vulgar y cotidiano; que entre este Clooney vestido con chancletas y el vecino del quinto hay pocas diferencias, que la historia de infidelidad por aburrimiento y fragilidad puede ser -desgraciadamente- la de cualquiera, y que el seísmo que provoca este engaño afecta también a todos por igual. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso -porque la película transpira realismo por todos los poros- no puedes apartar la vista de la pantalla.