¡YA CINCUENTA AÑOS DE MATRIMONIO!

Hace días, mi esposa y yo celebrábamos nuestras Bodas de oro (50 años de vida matrimonial, ¡y parece que fue ayer cuando nos casamos!). Lo hicimos en la intimidad, en un restaurante sencillo, con una comida normal, nosotros solos, como que no queríamos que gentes extrañas participaran de nuestra felicidad (ahora en este periodo veraniego nos reuniremos con nuestros hijos y nietos para que, también ellos, participen).
Yo, aquel día, mientras miraba a mi mujer, pensaba y le decía: “¡tanto tiempo que vivimos juntos! Han ido pasando los días, los meses, los años y entre alguna que otra disputa, muchos mimos y arrumacos, después de estos, ya, 50 años seguimos enamorados”. Y ella, me respondía con tranquila serenidad; “Sí, como el primer día que nos conocimos. No, no; más aún”.

 
Alfonso Balsera Rosado | 3 de agosto de 2011

Y seguía diciéndole: “Mira que ocurrieron cosas a lo largo de estos años ¿verdad?” Y hacíamos recuento: “Nos nacieron cinco hijos, los que Dios quiso concedernos, aunque de ellos, algunos se “marcharon” hacia el Cielo” -y lo comentábamos con dolor, pero también con alegría porque los sabíamos que estaban con el Señor-; “y nos dieron alegrías y gozo cuando llegaron, y pena, dolor y llanto cuando “marcharon”; pero tanto los que se fueron como los que aún están aquí han sido y son “lazos de unión” que aumentaron nuestro amor porque han hecho que nuestro corazón se haya llenado de Dios”. Y entrelazábamos nuestras manos como si quisiéramos darnos más el uno al otro, mientras nos decíamos: “Así lo siente nuestro corazón”.


Y yo comentaba: “Hasta las peleas que tuvimos sirvieron para ayudarnos a crecer en humildad; porque… ¿no es verdad que tras cada disputa, llegaba a nosotros la paz, cuando unas veces tú, otras yo, cedíamos en nuestro empeño, a favor del otro?. Es cierto que hubo enfados -¿quién no los tiene en esta vida? y algunos “gordos”- entre nosotros cuando por una tontería nos encerrábamos en nuestro yo y no queríamos ceder, pero a la postre, uno u otro, tú o yo, buscábamos el acercamiento para, así, querernos más. Era cuestión de querer comprendernos y llenándonos de humildad dejar nuestro egoísmo a un lado. Y ahora, pasado el tiempo, nos damos cuenta que fueron ocasiones que asentaron nuestro amor. Tanto es así que por todo lo que hemos vivido de alegrías y, aún de dolores, si ahora nos volviera a preguntar el cura si queríamos casarnos, no sólo de embobamiento por nuestro amor juvenil en el día que nos unimos, sino por nuestro amor reposado al cabo de tantos años, volveríamos a decir que sí para están aún más casados ¿No?”. Y mi mujer asentía con dulzura y con un brillo especial en sus ojos, me miraba con esa serenidad que sólo da el saberse amada y el amar, el seguir dándose a mí y yo recibirla sin mediar una exigencia, mientras, de igual modo, me entregaba yo.


¡Qué hermosos recuerdos llegaban a nuestra cabeza y cómo se enternecía nuestro corazón por todos los años de felicidad que hemos pasado juntos! Disfrutar con alegría, ver a los hijos crecer, deleitarse con sus juegos, olvidarse de uno mismo para que fueran felices, llorar con ellos…
Pido disculpas por transcribir esos momentos de encontrados sentimientos de dicha, pero entiendo que pueden ayudar a tantos matrimonios que empiezan. Para que no les entre la desesperación nunca y sabiendo disculparse se quieran más y… siempre.
Si la pérdida de nuestros hijos asentó en nuestros corazones con más firmeza nuestro amor, la alegría de nuestra mutua entrega sigue haciendo crecer más y más nuestro cariño.

 
 

 
© Copyright OPINO.ORG | | Diseña y desarrolla Xperimenta