
Jamás llegará a ser humano, si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre..., la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar».
No ya la fe en Dios Creador del hombre a su imagen y semejanza, sino la propia razón, libre de impurezas, reconoce que jamás será humano, si no lo es al inicio. Y del mismo modo ha de reconocer que jamás se respetará de veras derecho alguno, si no se respeta el primero y radicalmente básico e indispensable. Si la Iglesia ayuda y cuida como nadie al todavía no nacido y a quien lo porta en su seno materno, como atestigua el tema de portada de este número de Alfa y Omega, no lo hace en primer lugar porque tenga buenos sentimientos; lo hace esencialmente porque valora la vida humana en toda su verdad.
Éste es el motivo por el que las familias que viven de la fe, que purifica y amplía la razón, abundan en hijos. No así los afectados por la cultura de la muerte hoy dominante en nuestra sociedad avanzada..., y envejecida: les falta la energía para transmitir la vida. ¿Cómo se va a transmitir lo que no se ama? Y, si se transmite, nada tiene de extraño que no se respete su verdad, su bien y su belleza auténticos.
El aborto y toda clase de ofensas al ser humano están servidos, por mucho que se pretenda disfrazarlos hasta de derechos. Juan Pablo II, en su Carta a las familias, de 1994, señala: «Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización». Ya lo había proclamado, con toda fuerza, doce años antes, durante su primera Visita a España, en la madrileña Plaza de Lima: «Quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad».
Vaticinio que la creciente cultura de la muerte, en los 27 años transcurridos desde entonces, no ha dejado de empeñarse en llevar a cabo y hoy alcanza cotas indecibles desde las mismas instancias del poder, hasta el punto de perder la legitimidad: ¿cómo puede esperar el respeto del pueblo un Gobierno que no respeta la vida? Con su genial ironía, decía Chesterton: «Cuando se ha dejado de creer en Dios, ya se puede creer en cualquier cosa»: ahí está la irracionalidad de quien llega a negar las más elementales evidencias, precisamente al empeñarse en negar a Dios. Por eso, el Papa Benedicto XVI muestra ese lazo admirable que une la fe y la razón: «La doctrina social católica -dice en la encíclica Deus caritas est- no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado.
Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica».
Con los ojos cerrados a la verdad, no es que falte la fe, es que se resquebraja el mismo fundamento de la sociedad. Por eso, al iniciar su encíclica Evangelium vitae, Juan Pablo II hace esta «acuciante llamada a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡Respeta, defiende, ama y sirve a la vida, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!» Algo que va infinitamente más allá de lo que pueda hacer cualquier poder de este mundo, «que no puede asegurar -dice Benedicto XVI en Deus caritas est- lo más esencial que el hombre afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal».
Se llama amor, que «no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, un ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material».