En los últimos días he oido y leido críticas duras a los hermanos de la Cruz Blanca de Córdoba.
Espero que aquellos que las hacen estén muy seguros de lo que dicen, y hayan comprobado
cada una de las acusaciones que han lanzado.
No sé si son verdaderas o falsas, deseo, de todo corazón, que sean sólo un bulo, uno más de
los muchos que se están vertiendo sobre la Iglesia y sus distintas organizaciones. Pero sí quiero decir,
que durante muchos años, los hermanos de la Cruz Blanca se han ocupado de cuidar, acompañar, ente-
rrar, con mimo, con dedicación, con paciencia, con una sonrisa, a todos aquellos que nadie quería, ni
siquiera sus familias.
Prudencia- Virtud esencial para la resolución de los problemas que los hombres encuentran en la vida.
Cuando el ser humano ha de acometer una tarea, tiene la capacidad de discernir si sus consecuencias le ayudan o le entorpecen el camino que pretende recorrer para, así, actuar prudentemente (San Agustín dice que la prudencia es el amor que discierne lo que ayuda a ir a Dios de aquello que lo entorpece; y Juan Pablo II señala que: prudente no es –como frecuentemente se cree- el que sabe arreglárselas en la vida y sacar de ella el máximo provecho, sino el que acierta a edificar la vida entera según la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa....).
Desgraciadamente, muchas veces no tenemos las luces suficientes en nuestro entendimiento para discernir con rectitud sobre los hechos que pretendemos realizar y las circunstancias que nos rodean, y decidimos hacer, sin prever los resultados, ya sea porque nos falte la formación -cultural, histórica, pedagógica, moral....- que necesitaríamos, ya sea porque, por soberbia de nuestro propio valer, no seamos capaces de considerar los resultados, y nos dejemos arrastrar por la irresponsabilidad.