Soy abuelo y tengo que reconocer que mis nietos me superan en vitalidad; son pequeños, ya lo sé, pero la suya es tanta que por mucho que yo quiera jugar un rato con ellos a esos juegos que requieren esfuerzo, imaginación, lucha…, ya, mis años, no me permiten seguirlos, aunque me esfuerzo, ya que entiendo que mientras juegan, yo procuro enseñarles a ser hombres y a ser buenos.
Simplemente porque aprenden… Que han de acostumbrarse a respetar las normas del juego pues sin normas lo que encontrarán será desorden y anarquía.
Que con el desorden lo único que consiguen es satisfacer únicamente su egoísmo. Que han de respetar y, hasta querer, al contrincante, su amigo, que juega en el lado opuesto. Que han de aprender a ser cautos y avispados para que no les engañen. Que han de ser diligentes para que lo que deben hacer lo hagan preciso y a tiempo. Que han de compartir todos los lances del juego, pues de este modo mostrarán su generosidad. Que ganar, si ganaron, y perder, si es que perdieron, no les deben llevar a vanagloriarse ni a sentir humillación. Que han de pelear por lo suyo, pero sin herir, a aquel que se lo dispute; Que habrán de saber ceder, si eso hubieran de hacer, para evitar una guerra. Que han de saber que hacer trampas no es lo bueno, que sólo es lícito ganar utilizando el ingenio y la habilidad, esas cualidades que ellos han de fomentar para ser los mejores en el juego y en la vida.
Muchas más cosas les puedo enseñar mientras yo, con ellos, juego, y pienso que otros muchos más pueden, jugando, enseñar a los niños, qué es lo bueno. Los que mejor, sus maestros y sus padres.
Los maestros que, (ya no se les llama así, que son “profesores”) aunque tienen sus tareas cubiertas con explicar sus lecciones, que es a lo que les obliga el sueldo, sí pueden jugar si utilizan bien su ingenio y “enseñarán mucho más” y serán más queridos y respetados.
¿Los padres…? aunque a los padres de ahora casi no les queda tiempo porque piensan sólo en trabajar (los dos, padre y madre), y cuando llegan a casa es tiempo de descansar - y eso hacen-, han de convencerse que para ellos es obligación jugar mucho con sus hijos, para mientras juegan les puedan educar con alegría, al tiempo que pueden gozar de su amor. De otro modo los niños dedicarán su tiempo libre a ver tantos y tantos programas de la tele, ¡y qué tele!, y a jugar con esas “maquinitas” de guerras que les embrutece el cerebro, y en lugar de conseguir la “unión familiar y el cariño entre todos” se irán convirtiendo en jóvenes introvertidos y egoístas que sólo buscan “su” propia satisfacción.